Hay nombres que trascienden generaciones y se convierten en sinónimo de identidad. En Bolívar, ese nombre es Vladimir Soria. El máximo ídolo celeste vuelve a escena, esta vez como director técnico interino, tras la salida de Flavio Robatto, en un contexto que combina presión, historia y oportunidad.
Su regreso no es casual. Llega impulsado por el envión anímico que dejó la contundente goleada 6-0 sobre Real Tomayapo, un resultado que no solo alivió tensiones, sino que reavivó la confianza de un plantel golpeado. Y en ese escenario aparece Soria, el hombre que ha estado en casi todos los capítulos dorados del club.
A lo largo de cuatro décadas, su figura ha sido omnipresente. Como jugador, entrenador y asistente técnico, ha levantado cerca de 20 títulos con la Academia, convirtiéndose en una pieza imposible de omitir cuando se repasan las conquistas del club. Su legado no se construyó desde el ruido, sino desde la constancia: siempre con perfil bajo, muchas veces eligiendo el rol de asistente para aportar desde el conocimiento del medio, incluso acompañando a entrenadores extranjeros.
Dentro de la cancha, fue el dueño del mediocampo durante 15 años (1985-2000), un líder silencioso pero determinante. Sus 96 partidos en Copa Libertadores lo colocan como el boliviano con más presencias en la historia del torneo. Y hay un dato que alimenta la mística: nunca perdió en casa ante equipos brasileños en ese certamen. Empates ante Criciúma y Sao Paulo en 1992, y victorias frente a Palmeiras en 1995 y Atlético Mineiro en el 2000, forman parte de una estadística que hoy cobra un valor simbólico.
Aunque no todo fue gloria. Soria también carga con la herida de la final de la Copa América 1997, perdida en el Hernando Siles ante Brasil, un recuerdo que aún resuena en la memoria del fútbol boliviano.
Ya en el banquillo, su historia siguió creciendo. Fue el arquitecto de la histórica campaña que llevó a Bolívar a la final de la Copa Sudamericana 2004, y parte fundamental del cuerpo técnico que alcanzó las semifinales de la Libertadores 2014. En ese recorrido también figuran noches memorables, como el electrizante 5-5 ante Atlético Paranaense en 2002, año en el que además consiguió la única victoria celeste en Brasil (1-2) ante el mismo rival. También supo imponerse ante Gremio en 2003 y Santos en 2005, reafirmando su afinidad con los desafíos internacionales.
Ahora, más de una década después de su último partido como técnico en Libertadores —aquel empate 1-1 ante León en 2014—, Soria vuelve a tomar las riendas en el máximo escenario continental. No necesita presentación ni discursos. Su historia habla por él.
En tiempos de incertidumbre, Bolívar apuesta por lo seguro: su memoria viva, su líder eterno, el hombre que convirtió la camiseta celeste en una extensión de su propia piel.

